lunes, agosto 3, MMXXVI
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Abu respira agitado. Abu me mira triste. Sé que debo llamar a la veterinaria, tomar las llaves del auto y llevar a Abu, pero no puedo. La veterinaria me va a decir no hay nada que hacer, que es hora de despedirse y dejarlo cruzar el arcoiris, estúpido eufemismo colorido para decirte que tu perro, el que siempre está contigo, tu compañero invisible y que hasta para ladrar es elegante, ese del que no escribes, se va a morir.
Me acomodo a su lado. Si pudiera dibujar su cara aquí, lo haría. Pero como no puedo, escribo. Escribo esto, escribo que este perro que yo no quería ha sido mi gran compañero en esta casa, en este pueblo, en este país. Te escribo a ti, Abu, te escribo porque te quiero, te escribo y lamento no haberte escrito más aquí, lamento no haber hecho un registro puntual de todas las cosas que eres y haces. De cómo, cuando no puedo dejar la cama, te sientas frente a mí y me sostienes la mirada y sé que me estás diciendo, párate, humana, llévame a caminar, dame de comer, acércate a mí, quiérete y quiéreme.
p.p. 246 y 247, en Una falsa diarista de Sylvia Aguilar Zéleny
Canela se acuesta debajo del escritorio desde donde escribo esto. Vivimos juntas en esta habitación de casa de mis padres hace casi un año y acostumbra echarse a mis pies cuando me siento frente a la computadora. Nela es una perra grande de raza pastor belga de 5 años de edad, color miel pero con la cabeza y las patas negras. Empezamos a convivir 24/7 a partir del día 8 de abril de 2024, que coincidió con un eclipse solar. Ya veníamos haciendo migas desde unas semanas antes, mientras mudaba mis cosas a la casa de Chucho en Vicente Riva Palacio 192. Nunca antes había tenido mascota. Canela vivía sola en el enorme patio vacío de una casa rentada sin uso más que de almacén o bodega. La exiliaron de la casa de Iktán porque tuvo un pelea con Hatti y Momo, a quién la prendió del cuello y casi la mata. Así que de tener una familia y amigas perrunas pasó a la soledad espacialmente generosa. Ya era una perra brava y con mala fama antes del acontecimiento. Tuvimos pequeños reconocimientos mientras limpiaba la casa antes de la mudanza, con la advertencia de que no saliera al patio pues la maldita me atacaría sin piedad. Sin embargo, un día casual salí a vaciar una tina de agua sucia y no hizo más que olerme sin demasiado interés. También en esas estancias de acondicionamiento de la casa aprovechaba para cambiarle el agua de la cubeta y llenar su plato de croquetas.
Me costó muchísimo dejar el edificio en Residencial Florida, ubicado en una calle con nombre de escritor: José Alvarado. Mi departamento ocupaba toda la planta alta del inmueble en esquina. Tenía un pequeña área techada que se usaba como lavandería y patio de servicio que no era adecuado para un perro. Había un balcón largo en L donde armé un jardín de macetas pero angosto para recibir una mascota. Así que durante más de 16 años viví sola.
La misión de Canela en mi odisea de aprender a tener compañía doméstica es vital. Es mi maestra en la convivencia, el amor incondicional y el cuidado. Recién ocupé la casa y cuando Iktán me visitaba y se quedaba por una noche o varias, y porque él era su amo y la dominaba, la dejaba entrar a la casa a ratos. Podía salir cuando lo quisiera empujando la puerta mosquitero que daba al patio.
Un día en que estábamos solo ella y yo en la casa, la metí mientras cocinaba o leía, no recuerdo con precisión. Hacía calor y adentro también pero estaba el ventilador para sacárnoslo. Así comenzamos la amistad. Me gustaría una palabra para enunciar lo que pasa cuando una perra te escoge como ama. No fue de un día para otro. Cuando estaba conmigo en la sala, la cocina, el comedor se comportaba de manera ejemplar, nunca destrozó algún libro o mordió objetos, ropa, ni comió algo de la mesa. Tenía reservas conmigo y no entendía bien su comportamiento perruno, en mi infancia tuve dos perros que recuerdo bien Toy y Panda y ya de adulta en casa de mis papás tuvimos a Che, pero yo no era la ama y mi compromiso con ellos era limitado.
Canela se convirtió en mi sombra. Estaba en un espacio nuevo, desordenado por una mudanza caótica, mi depresión se asomó en el cambio, era tenue pero acechaba mis mañanas cuando despertaba y me encontraba la realidad que no quería aceptar del todo. Ir a orinar me ponía en mi lugar, en el presente de mi nueva vida. En mi departamento, acostumbraba a dejar abierta la puerta del baño cuando lo usaba, así que ahora en el nuevo cuarto de baño hacía lo mismo pero Canela entraba y venía a que le acariciara la cabeza, un saludo de buenos días que se hizo cotidiano. Cuando terminaba de vaciar la vejiga y alargaba la mano para tomar un trozo de papel higiénico, ahora de marca más económica que era el que podía comprar, ella daba la media vuelta y salía. Alguna de esas veces, durante el acariciado de las orejas y el lomo, nuestras miradas se encontraron y se sostuvieron el tiempo suficiente para que la afabilidad, la empatía, el consuelo o lo que necesitaba en ese momento ocurriera. Una mirada inocente, entregada, sin dudas, amorosa y potente. Fue entonces tal vez que me escogió y yo a ella. Mi compañera, mi Sancha Panza muda, testigo de mi vida desde ese eclipse solar que fue el presagio de días que me pondrían a prueba. No lo sabía entonces pero para atravesar ese yermo futuro tendría una amiga, que mientras cierro esta entrada sigue lamiendo mis heridas y me ayuda a sanar.


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